Tras unos días decidí que lo único que no tenía que hacer era pensar en el, mi cabeza no permitía aceptar que el no era para mi y mucho menos podría aceptar nunca que en el mundo solo existiera yo.
Aquel pensamiento me hundía y me consumía, el había sacado lo mejor de mi simplemente para mostrarme todo lo malo que el tenía. Cuando mi corazón y mi cabeza llegaron a un acuerdo comencé a darme cuenta de que a veces dejamos el todo por el nada y yo aun estaba a tiempo de recuperar mi todo y encontrar una nueva luz que me guiara por este camino oscuro de la vida.
No me costó mucho recuperar mi todo pues siempre había estado ahí de forma permanente, no esperando a que me hubiera caído sino todo lo contrario, no me había dejado caer jamás. Eso es algo que nunca se olvida y que además se agradece eternamente. Los buenos actos de las personas las hacen grandes.
Pasado no mucho tiempo encontré una luciérnaga, mi luciérnaga, esa que aporta luz a mis días grises y en cuyos bolsillos porta todos mis consuelos. Comprendí que nunca me había equivocado, ya que quien no arriesga no gana y tendría que seguir arriesgandome durante mucho tiempo. Pero esta vez sabía que no iba a volver a perderlo todo, no volvería a herirme, no dejaría que nadie lo hiciera.
Su luz al principio no brillaba, no era todo lo intensa que yo deseaba.... no llegaba a comprender como no me había dado cuenta de que era yo quien cerraba los ojos para que no me deslumbrara.
No quería deslumbrarme con su olor, con sus besos, con su belleza, con su risa, con su amor...
Increíble
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